Fragmento de las narraciones de Julios Popper sobre la población
ona
"Les atribuí poco desarrollo en sus facultades intelectuales.
Desde entonces he podido cerciorarme de que no solo son susceptibles
de llegar al más alto grado de perfección, sino que
se hallan dotados de elevados y nobles sentimientos humanitarios,
que tienen raciocinio sensato, que son magnánimos hasta el
punto de saber perdonar a sus enemigos, que - más aún-
llevan el desdén de la venganza, hasta compensar el mal con
el bien, hasta convertirse en protectores de la raza que los persigue,
conduciendo a náufragos varados en las playas hacia los puntos
donde puedan encontrar auxilio.
Son padres afectuosos, tienen un acentuado cariño
hacia sus hijos como los hijos hacia sus padres; llevan largo
luto por los difuntos, pintándose al efecto el rostro
de negro ..... Se lavan a menudo el cuerpo y el rostro usando
como toalla un musgo amarillo, seco y suave, que pende en
largas hileras sobre las ramas del haya fueguina.
Son Ladrones ! Exclaman los estancieros radicados en la parte
chilena de la isla: nos roban las ovejas y destruyen nuestros
cercados. Es bien cierto, pero pongámonos por un momento
en el caso del indio. Desde siglos remotos el ona da caza
a los escasos y ariscos guanacos de la isla, sin caballos,
porque no los hay; sin perros adiestrados, porque la raza
canina de la región, parecida al zorro, al canis dingo
de Australia, sólo les sirve de almohada, de calorífero
ambulante. El ona, armado de arco y flechas, espera a veces
días enteros, oculto tras una mata, el paso de la
res ansiada, que es propiedad común, que pertenece
a toda la tribu; y "ay" si la flecha no mata, si se rompe,
porque envuelve el trabajo de todo un día para fabricar
otra. Mientras tanto las mujeres y los chicos se mantienen
del tucu-tuco , pequeño roedor que pulula en Tierra
del Fuego, su último recurso.
De repente un suceso inesperado viene a perturbar su vida
de cazadores nómadas; un emigma curioso, extraño,
se presenta a su vida estupefacta. Hombres de raza desconocida
aparecen en el litoral, desembarcan y ponen en sus terrenos,
de una sola vez, tres, cuatro, cinco mil ovejas, guanacos,
blancos, mansos, agordos. Es un espectáculo nuevo,
inesperado. De una parte, dos mil indios sin comida, pero
hambrientos; de la otra, cinco mil ovejas y sólo tres
o cuatro hombres. Qué significa este singular fenómeno
?, se preguntan los indios. En vano torturan sus facultades
mentales para explicarse tan singular aparición; en
vano consultan a los más ancianos, a las brujas; semejante
cosa no rezan sus tradiciones. Serán mensajeros de
alguna entidad misteriosa, algunos seres sobrehumanos que
viene por fin a compensar al indio por las penurias que nunca
le faltan ¿ Pero, cómo tres o cuatro hombres
extraños han de comer ellos solos cinco mil guanacos
blancos.? Esto es imposible ! Exclaman los indios. Y con
un grito de júbilo se lanzan sobre las ovejas y se
apoderan de algunas; un opíparo banquete ha de festejar
suceso tan dichoso.
Pero una tremenda detonación interrumpe el festín,
aterradores silbidos llenan la atmósfera. Aquí y
allí cae mortalmente herido un hijo, un hermano. Piedad
! Misericordia .! Gritan los indios aterrados. No pensábamos
ofenderos .! Pero gritan en vano, aquellos hombres ni los
oyen ni los entienden. Exasperados acuden a sus arcos y contestan
con una lluvia de flechas al inesperado ataque. Pero enemigo
está lejos; en vano agotan sus aljabas; en vano se
adelantan buscando cuerpo a cuerpo al adversario, es imposible;
los proyectiles de plomo son inagotables, matan desde lejos.
Diezmados, agotadas sus fuerzas y sus flechas huyen, se esconden;
necesitan de algún tiempo para darse cuenta exacta
del singular suceso del que sólo conciben la enorme,
la tremenda injusticia de que han sido víctimas en
sus propios terrenos de caza; comprende que la aparición
del guanaco blanco en sus dominios es la señal de
una lucha cruel, eterna, de una lucha de exterminio."